5 jul. 2009

La calle se hace más angosta y las paredes colapsan sobre mi, no encuentro la dirección correcta, pero la luz guía mis pasos, todo es penumbra y las sombras se proyectan en todos los sentidos, la mía hacia el centro de la tierra, de donde parecen salir los gritos de mi conciencia hipersensible. Súbitamente despierto y me encuentro frente al espejo, donde se perciben los reflejos involuntarios de mis ojos y mis labios, ahí se quedan los recuerdos atorados, entre la imagen y la pretensión del habla. Cierro los ojos y mi sobra se proyecta en todas las paredes de la calle, edificios viejos de madera húmeda y enmohecida por los años. Nadie calcula nuestra edad en este mundo. Y allá está, la gota que derrama el vaso, inundándolo todo en su constante fluir. Mis pasos chasqueantes, aplastando las medusas que se han formado alrededor de mi, como cucarachas marinas. Abro los ojos, parece que estoy acostado en una cama de sótano, entre sábanas frías y viejas. El espejo en el baño, y la gota sigue en el lavabo, me retumba la cabeza y cierro los ojos, la calle, me incorporo y siento que los cabellos me aprisionan a los postes de la cama, son eternos en el tiempo y, yo con las uñas largas, el aliento corrompido y mis dientes verdes. Cállate ya, gota maldita, no entiendo lo que pasa, la calle, la gota que derrama el vaso, el espejo me refleja cual monstruo en un sótano vacío. Incesante el zumbido que lo recorre todo, cuatrocientas abejas me llenan el estómago de miel y se detienen a bailar sobre mi cabeza, se quedan a vivir conmigo. Un oso negro me devora las entrañas y se sienta a mi lado a descansar satisfecho. Contemplo su respiración y le acaricio el pelo, voltea de cabeza y me introduzco en la cueva de su aliento. Y siento su piel, sus ojos y sus garras punzantes. Bajo de la cama, subo por las escaleras y me encuentro en la calle angosta, con las pareces colapsadas sobre mi, la gota sigue derramando el vaso y las medusas se cuelan entre mis garras, las sombras se proyectan en todos los sentidos y la mía, como un oso, al centro de la tierra, abro los ojos y el párpado me sigue saltando y los labios temblando. La imagen del espejo refleja un recuerdo atorado que se convierte en llanto.