15 jun. 2009

Dos

En el sitio acordado se encontraron dos pretendientes mutuos de hace años, se miraron, esbozaron una sonrisa lo suficientemente discreta para confirmar su amistad más no la añoranza. Un beso en la mejilla es suficiente para el encuentro. Él observó el reloj para visualizar el tiempo transcurrido en la espera y el disponible, sugirió: ¿Nos vamos?

Los días de la universidad eran recientes, cruzaron la calle y abordaron el primer autobús rumbo al centro de la ciudad, allá los esperaba el destino.

Ella transmitía un cierto desapego, algo natural entre los amigo, pensó. Evitando los roces sugerentes y propiciando lo que siempre odiaron, la indiferencia.

Si, ese era el día esperado, la espera perpetua, la maldita incertidumbre de verse, de solo verse, pensaron mientras los árboles y postes pasaban por la ventanilla, los cables de luz interminables que nunca han de juntarse. Se miraron al mismo tiempo buscando en lo profundo de sus ojos una palabra, sus bocas, queriendo confesarse, permitirlo, solo intentaron una sonrisa.

Bajaron del autobús en la calle señalada por un timbre. La tomó de la mano al descender y nuevamente la separaron; una ayuda, era necesaria, nada más, el caballero. Recorrieron la calle cuesta arriba entre ventanas viejas y edificios de colores. Las piedras del camino doblaban un poco los tobillos pero se mentarían erguidos y orgullosos.

Los bares estaban primero, pero no había prisa, quizá el café de en frente sea mejor para conversar, pero los nervios traicionan y presto propuso una cerveza en el lugar menos acostumbrado. No había nadie conocido, todos eran nuevos, el cantinero del bar los vio entrar y adivinó la historia entre ellos.

Se sentaron en una mesa visible, nada íntimo, no era necesario. Dos cervezas oscuras para empezar.

¿Y ahora qué? De la baraja de recuerdos tomaron los mejores, las convivencias, las borracheras, las malas noticias, los desencuentros, aquellos viejos amigos, el destino de todos, menos el de ellos, que sin querer construían en el acto. Las manos que ejemplificaban, gesticulaban, los ojos que iban y venían, pero no se encontraban, así era mejor, tal vez así era que no encontrarían las palabras para solo ellos. Otra cerveza y estaban más tranquilos, no había pasado nada.

Después de la tercera, era hora de partir y el sol se escondía tras la calle y la silueta de dos se veía a lo lejos tomados de la mano, no eran ellos, pero los miraron.

Cada quien tomó un autobús distinto de regreso ese día, encendieron la televisión y miraron el final de una película de amor. La apagaron y acostados, los dos, se maldijeron en silencio.

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