15 abr. 2008

Hotel Caribe

Con la música tropical de fondo, allá entre las palmeras del hotel Caribe, con las letras en luz neón: rosa, verde y anaranjado. El hotel era de una planta, se constituía como una villa. Cada huésped tenía una pequeña choza hecha de palos de bambú y hojas de palma. A las aproximadas quince casitas, las rodeaba un jardín, y estaban dispersas como al azar, entre senderos marcados con piedras blancas y flanqueados con flores rojas, amarillas y azules, era todo un paisaje armonioso en contraste con el mar cristalino, con tonalidades azul turquesa. Por las tardes el sol se escondía y su filtro amarillo lo pintaba todo, entonces todo parecía incendiado por Nerón y la noche caía como agua para refrescar a las casitas y a sus huéspedes, que aprovechaban la playa para tocar guitarra, platicar de los conocidos dejados, y de las posibilidades de que no existiera otro lugar igual en el mundo como el hotel Caribe.

El olor del aceite de coco y de las flores inundaba todo el jardín por las mañanas. El sol calentaba el rocío de las plantas y de la tierra, subía ese olor que solo el mar, las palmeras y las flores pueden dar en las mañanas. Una respiración lenta se apoderaba de los huéspedes del hotel, nadie podía dejar de sentirse lleno de alegría al asomarse por la ventana y contemplar el mar con sus breves y escasas olas. Todo estaba en calma.

Jorge pensó que nada de eso valía la pena. Sentado frente a la playa, tomó un revolver calibre veintidós y disparó… El tiro rompió el silencio y se fundió con las olas del mar al desvanecerse.

A Jorge le gustaba Clara, una joven de veintidós años, de estatura media, rubia natural, ojos profundamente claros, color miel. La había conocido en la secundaria Pedro Infante. La conquistó en seis meses. Jorge sabía que Clara era la mujer de su vida, se lo había dicho Luisa, una niña que leía las cartas por dos pesos, así que no hubo nada que se interpusiera entre ellos dos, al menos que las cartas dijeran lo contrario.

No pasó más, que una declaración, casi forzada, de amor. Jorge se acercó a Clara a las diez y treinta y tres de la mañana del día lunes, hace ocho años. La tomó de la mano derecha y le dijo: “Las cartas me han dicho que tú eres el amor de mi vida, solo quiero que sepas que ya lo sabía desde antes, desde el primer año de secundaria, y te quiero, solo quiero que lo sepas”. Después de eso, Jorge le soltó la mano suavemente y dio media vuelta, tan tranquilo y seguro como un marino.

La hermosa niña no supo que hacer, solo se quedó parada al lado de la portería de la cancha de fútbol, viendo como el joven se perdía entre los salones de la escuela. Se quedó pensativa, y una de sus amigas vino a preguntarle qué le había dicho aquél chavito, ella no contestó nada y se fue sola a sentarse en la banca de siempre.

“No lo conozco, pero tiene algo su voz que me recuerda a papá. Así me habló cuando me comentó que ya estaba listo el negocio del taxi y que pronto le darían su placa. Debe de pensar que es verdad todo lo que le dijo Luisa, porque quién más podría haber sido. Me gusta como habla ese niño”. Clara se interesó al instante en el muchacho misterioso, encargó a sus amigas que averiguaran su nombre, en qué salón estaba y cuántos años tenía. Las respuestas no tardaron en llegar y pronto supo que Jorge de catorce años del tercero “c”, estaba enamorado de ella.

En seis meses no se dirigieron más que miradas, muchas miradas, que solo en la secundaria se entienden. Tardó seis meses en hablarle le nuevo y al segundo encuentro le dijo: “Clara, estoy enamorado de ti. ¿Quieres ser mi novia?” Clara automáticamente le respondió que si. Ese día, un viernes, se fueron juntos agarrados de la mano, con unos nervios infantiles de trece y catorce años.

La preparatoria la cursaron juntos, pero en salones diferentes, ella en el “A” y él en el “C”. Jorge se asomaba por la ventana del salón de prácticas secretariales, le gustaba el ruido que hacían las teclas al caer, pero le gustaba más ver a Clara escribir, imaginaba a su princesa redactando una carta de amor para él. Terminando la preparatoria, Clara se encargó de la tienda de regalos de su madre y Jorge empezó a trabajar como chofer en el taxi del papá de Clara.

El trabajo iba bien, la familia de Jorge tenía un terreno no muy lejos del centro de su pueblo, así que empezó a construir una casa de lámina, “de mientras” decía. El destino hizo que se comprara una lancha de pesca. Jorge abandonó el taxi y se echó a la mar. Siempre había querido tener su propia lanchita. Era un sueño que tenía desde niño. Su tío Manuel era pescador y una vez lo llevó a la pesca. Se levantaron a las tres y media de la mañana, Jorgito apenas pudo ver la sombra de su tío cuando le hacía cosquillas en la panza para despertarlo. “Jorgito, vamos que se nos hace tarde, ¿no quieres ver el mar, allá es diferente?” El niño se puso rápido unas botitas de hule que le dio Manuel y como ya estaba listo se fueron enseguida a la lanchita. Tenía dos redes y un compadre llamado Israel, él era de un pueblo cerca y primo lejano. La pequeña embarcación tenía por nombre Teresa, como la prima de Jorgito. Ése día, fue la primera vez que Jorgito vio el amanecer en alta mar. El sol apareció como un durazno gigantesco y abrió su gran ojo de fuego para incendiar el mar. Las olas parecían lenguas de fuego y el niño llegó a pensar que realmente se estaba quemando el mar. “Mira cuantas chispitas en el mar” dijo el pequeño. Manuel y su compadre se rieron mucho y se acordaron de su primer amanecer con las gaviotas.

Una mañana, Jorge zarpó con rumbo desconocido y no volvió en dos años. Se fue porque quería ser capitán de un barco camaronero, quería comprar uno para él mismo, para así construirle un castillo color miel a Clara. Los dos años enteros durmió en su propia lancha, menos en las temporadas de diciembre. Solo en estas fechas alquilaba una cabaña del Caribe y se ponía a pensar en Clara.

Una mañana del segundo diciembre despertó, extrañaba mucho a su princesa y no sabía como estaba, ni siquiera ella sabía dónde estaba él. Se sentó a la orilla de la cama y a su lado se movió el cuerpo de Aurora, mujer morena, de cabello rizado negro, con amplias caderas y manos suaves. Le acarició el muslo a Jorge y le preguntó la hora. Eran las cinco y media y pronto amanecería.

Jorge salió de la choza y se dirigió al mar, a ver como se incendiaban las olas, a ver el ojo del sol. En los dos años, había conocido a unos jóvenes que se dedicaban a asaltar los barcos en alta mar, llegaban en las noches a los barcos camaroneros y amagaban a toda la tripulación. Ganaron mucho dinero, pero siempre andaban huyendo. En los mercados de pescado los tenían fichados y si se aparecían por ahí los mataban.

Jorge pensó que nada de eso valía la pena. Sentado frente a la playa, tomó un revolver calibre veintidós y disparó… El tiro rompió el silencio y se fundió con las olas del mar al desvanecerse.

La bala no alcanzó a llegar al ojo del sol. Se levantó, tomó un morral con sus cosas y se fue caminando por la orilla de la playa, con los pies descalzos y el pantalón arremangado.

Gersom Mercado Chan
El Cuexcomate. 14 de abril de 2008

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